domingo, 2 de mayo de 2010

El Libro de Arena


La metáfora del homónimo cuento de Jorge Luis Borges, ese libro de infinitas páginas sin principio ni fin la utilicé en La Gran Mentira para expresar el ilimitado número de grandes mentirosos y grandes fraudes. No sólo los producidos y descubiertos hasta ahora, sino los que continuarán apareciendo y que prolongarían ad eternum un hipotético tratado que los recopile, convirtiendo la tarea de su descripción en enojosa e interminable. A tan sólo unos meses desde la publicación del libro, el elenco de fabuladores y el repertorio de grandes mentiras y fraudes sigue aumentando.

Recién entregado el manuscrito a la editorial se descubrió y saltó a los medios de comunicación el caso de Bernard Madoff, equiparable a nuestra Baldomera de Larra, hija del insigne periodista, y a los clásicos estafadores Ponzi y Kreuger. Madoff estafó más de 65.000 millones de dólares a unos 5.000 clientes, entre los que se cuentan su propia familia, ricos y famosos de todo el mundo e instituciones benéficas judías. Entre los estafados figuran también reputados banqueros, algunos de la tradicional banca suiza y también de la española, incluyendo varios miembros de la familia Botín. También cayeron en sus redes pequeños inversores cuyos ahorros eran agrupados por los intermediarios en grandes “paquetes” que se entregaban a “Bernie” Madoff y colaboradores. Los asesores, a quienes sus clientes pagaban por un consejo derivado de la experiencia y del análisis de los mercados, reducían su “savoir faire” a prometer generosos dividendos y a depositar los fondos en manos del ladino Bernie. Dentro del más puro estilo de estafa piramidal el truhán pagaba los intereses de los clientes veteranos con el dinero fresco de los nuevos. Mientras las Bolsas subían todo iba viento en popa. La caída, que antes o después debía producirse, se precipitó por la crisis financiera desencadenada en 2007.

Otra peculiaridad de Madoff, y común a muchos estafadores, es la de revestirse de una aureola de respetabilidad. Fundó su propia empresa de inversiones en 1960 y había sido presidente del NASDAQ, mercado norteamericano de valores de empresas tecnológicas. En parte, esta buena reputación se la había labrado a través de sus actividades filantrópicas, especialmente entre la comunidad judía lo que le proporcionaba, además, buenos contactos. Era un importante donante a universidades, como la Universidad Yeshiva y otras fundaciones benéficas de la misma religión. Como ocurre con los psicópatas, poseía encanto personal y era discreto y elegante. Cultivaba las relaciones sociales de alto nivel, especialmente entre la élite financiera.

No hay estafador sin un “primo” que se deje tentar por una ganancia segura elevada y se deje arrastrar por las apariencias. Bernie no sólo dominaba la mecánica del mercado, sino también la de la mente del inversor. Para suscitar la codicia ofrecía rentabilidades anuales de entre el 8 y el 12%. Utilizaba un truco parecido al del famoso estafador Víctor Lustig: hacerse de rogar. Un cualquiera no podía ser cliente suyo. Hacía falta para ello tener mucho dinero y el financiero judío se reservaba el derecho de elegir a sus clientes: es la vieja táctica de crear distancia para despertar el interés. Hacía creer al cliente que al captar su dinero pasaba a pertenecer a un club selecto y distinguido.

A posteriori, Madoff ha manifestado su asombro por no haber sido descubierto antes, ya que parece que el fraude comenzó en los años 80 del pasado siglo. Se habían recibido seis denuncias contra él, una de ellas en el año 2000 y al menos dos artículos en publicaciones de prestigio señalaban los puntos oscuros de sus actuaciones, entre ellos el que durante diez años no había realizado ninguna transacción. La autoridad reguladora financiera norteamericana, la Security and Exchange Commission llevó a cabo cinco inspecciones entre 1992 y 2008, sin que se detectaran infracciones. Dos de ellas, en 2004 y 2005, se realizaron de forma independiente. A pesar de haberle atrapado en mentiras y contradicciones no se consiguió probar nada. Tras ser detenido e interrogado, llegó a un acuerdo con la Fiscalía y hoy cumple condena a perpetuidad.

El fraude en la élite es más difícil de descubrir. Los expertos y directivos son los que mejor conocen el sistema, especialmente las medidas de seguridad, a lo que se une que los controles son más laxos en los niveles altos de responsabilidad. Es donde hay confianza y está mal visto desconfiar. También es más fácil que los escándalos queden impunes y se tapen para proteger la imagen pública de las entidades afectadas. Se llega al extremo de asumir los costes y prescindir del responsable del desaguisado con discreción.

Otro caso reciente es el de Félix Millet, destacado miembro de la burguesía catalana y persona completamente desconocida en el resto de España hasta que se descubrió una estafa que asciende de momento a más de treinta millones de euros. Protegido como Madoff por sus contactos, su reputación, y sus influencias, Millet ha protagonizado uno de los escándalos más sonados de fraude y corrupción en nuestro país, en el que se unen la política, la cultura, las finanzas y la filantropía.

Millet pertenecía a la alta burguesía catalana, unas cuatrocientas personas en total, que se conocen muy bien entre ellas y que aparentemente controlan la vida social, y parte de la económica, de Barcelona y Cataluña. Nombrado en 1978 director del emblemático Palau de la Música, era alguien fuera de toda sospecha. Ocupaba cargos en numerosas entidades, incluyendo la presidencia de la aseguradora “Agrupació Mutua”. Se aprovechó de su posición y sus contactos y durante años cometió irregularidades, desfalcos y desviaciones de fondos del Palau. La lista de actos delictivos perpetrados por Millet y colaboradores es interminable. Utilizaban facturas hinchadas, pagaban por obras no realizadas, desviaban dinero a empresas interpuestas y a cuentas bancarias propias, realizaron pagos directos y a través de fundaciones a partidos políticos, y gastaron enormes sumas en su propio beneficio: reformar sus residencias, celebraciones y viajes familiares. También han reconocido ser titulares de cuentas corrientes en Suiza. Como en todos los grandes fraudes, las sospechas existían desde tiempo antes, en concreto desde 2002. Entonces, el equivalente catalán al Tribunal de Cuentas informó de las irregularidades al gobierno regional. La investigación que terminó con sus andanzas la inició la Agencia Tributaria al detectar partidas de billetes de 500 euros distribuidos desde el Palau. Casos como los de Madoff y Millet continuarán produciéndose.

El mundo del periodismo ha aportado su cuota de grandes sinvergüenzas con Wallace Souza, periodista brasileño, político, diputado por el partido liberal en el parlamento del estado de Amazonas. Ex policía y ex militar, Souza era presentador de un programa de televisión líder en audiencia en la emisora Canal Livre, y encasillable en lo que se llama “telerrealidad”. Souza fue detenido y acusado de liderar una peligrosa banda de delincuentes involucrados en el tráfico de drogas, entre cuyas fechorías se encuentran varios asesinatos de competidores. Al parecer, planeaba y ordenaba las muertes de sus rivales y los transmitía casi en directo en sus emisiones. A menudo las cámaras llegaban a la escena del crimen antes que la propia policía. Para estupefacción de los investigadores, Souza “resolvía” algunos de los casos que difundía.

No es lejano este modus operandi, si no en la sustancia sí en el procedimiento, a la “telebasura” española. Dejando aparte la gravedad de los crímenes, el hecho de que un periodista organice, escriba el libreto o apoye que dos personas se pongan de acuerdo para que una acuse a la otra de algo impropio, se enfaden y finalmente se reconcilien para pasearse por los platós y repartirse las ganancias es también fabricar noticias.

También en el ámbito de los medios de comunicación y de la búsqueda de la fama, y a través de ella del dinero, se ha conocido el caso de la familia Heene. A mediados de octubre de 2009, el señor Heene residente en Denver, llamó a la policía diciendo que su hijo menor viajaba solo y por accidente en un globo de helio por los cielos del estado de Colorado. Mientras se interrumpía el tráfico aéreo en la zona, un helicóptero siguió al globo durante unas horas interminables hasta que aterrizó. Se comprobó entonces que en su interior no había ningún niño. Poco después el menor salía del desván de su casa, donde estaba encerrado. Unos padres en busca de notoriedad habían provocado este incidente, atrayendo la atención de todo el mundo durante unas cuantas horas. Rápidamente confesaron la invención. Ya habían participado en programas de telerrealidad y la búsqueda de la fama rápida les llevó a urdir el engaño colectivo.

Sin querer, ni poder, agotar los casos quiero terminar refiriéndome a un asunto que huele de lejos a estafa. Sin disponer de datos contundentes para poder sostenerlo delante de un tribunal sí se divisa la sospecha de algo poco claro en la manipulación de los recibos de la luz por parte de las compañías productoras y distribuidoras de electricidad en los últimos meses. Desde mediados de 2008 miles de españoles comprueban como sus recibos de la luz ofrecen cifras de consumo elevadas sin que exista justificación para ello. Facturas desmesuradas incomparables con cualquier recibo de otros meses. Miles de reclamaciones se han presentado en las oficinas de atención a los consumidores en todas las Comunidades Autónomas.

La explicación, o más bien un falso pretexto, es el cambio de la tarifa bimensual a mensual, en virtud del cual las compañías deben facturar mensualmente pero sólo disponen de contadores de lectura bimensual. Esta situación conduce a que uno de cada dos meses los consumos son “estimados” y no reales. Hasta aquí todo bien, el problema es que algunas de estas “estimaciones” triplican las cuantías de los meses de mayor consumo en un período de tres años, lo que indica que el cálculo realizado por las empresas no sigue en modo alguno una estimación mensual. Si fuera cierta y cabal la estimación realizada, en un solo mes se podría reajustar la estimación al consumo real y no habría reclamación alguna. A esta actuación, se une la picaresca española más rancia: cobrar muy poco un mes para acumular el consumo al mes siguiente, por ejemplo enero de 2009, y aplicar las nuevas tarifas más elevadas además de la penalización por exceso de consumo. Esta práctica llevó a miles de reclamaciones más en los meses de enero y febrero de 2009 en todo el país. El problema no es la “estimación” sino la elevación injustificada de la factura

La impresión es que mientras las eléctricas callan y devuelven, o no como sucede en muchos casos, el importe de la sobrecarga en los recibos, se van capitalizando y mejorando su cuenta de resultados. Los clientes actúan como prestamistas y se pueden consolar imaginando que están financiando a las compañías eléctricas, a modo de un nuevo capitalismo popular. En este peculiar lance en el que el gobierno de la nación apoya con su silencio a estas compañías y en el que las asociaciones de consumidores han obtenido magros resultados, surge claramente la dificultad de denunciar al poderoso. Es improbable que un periódico o una cadena de televisión se dedique a investigar este asunto hasta el fondo. La fuerte imbricación del poder empresarial, político y periodístico obstaculiza el curso de la denuncia. Una herencia poco denunciada del franquismo es el respeto reverencial a las autoridades las grandes compañías. Vivimos en una ausencia total de activismo contra los abusos de las grandes compañías. El contubernio gobierno-corporaciones-grupos de comunicación contribuye a dejar al ciudadano indefenso y a merced de los vaciabolsillos.

El consumidor se enfrenta a entidades que invierten cantidades fabulosas en campañas de imagen, presentándose como empresas punteras en la innovación y el respecto al medio ambiente. Buscan, como Madoff y Millet, revestirse de una aureola de respetabilidad que realce su imagen, les proteja de ataques y justifique unas actuaciones inadmisibles, más propias de delincuentes callejeros que de los paladines de la nueva economía del siglo XXI. Se suman con sus poderosos recursos a los indecentes protagonistas del Libro de Arena real.

Al repasar estas líneas recuerdo el caso de Grecia falseando sus cuentas ante el mundo financiero internacional. Leo en un periódico nacional el caso de otro periodista, en este caso italiano, que se inventaba exclusivas. El libro de arena no tiene ni principio ni fin.

domingo, 4 de abril de 2010

Smoking Gun


“Cañón humeante” podría ser el nombre adecuado para el policía nacional que fuma un pitillo mientras hace guardia. En el ámbito jurídico se aplica a veces a la disponibilidad de una prueba que inculpe de forma clara e inequívoca, y no simplemente circunstancial, a un sospechoso. En La Gran Mentira me referí a la falta de pruebas de las que adolecían los defensores de la teoría conspirativa de los atentados del 11M.

Ante sucesos tan brutales buscamos explicaciones que nos satisfagan. A menudo la versión oficial no puede explicarlo todo y sabe a poco. Siempre habrá lagunas, inexactitudes y coincidencias inexplicables, que muchas veces sugieren que pasó más de lo que se sabe y se dijo. En paralelo se desarrollan teorías basadas más en las emociones y en el alineamiento ideológico que en pruebas sólidas. Se termina aceptando más fácilmente las hipótesis que están de acuerdo con las actitudes e ideología de cada uno. Las hipótesis conspirativas encajan bien en lo que a uno le gustaría que pasara y, especialmente, en atribuir la culpa de lo sucedido al enemigo, lo que se ha llamado “sesgo de maldad”. El adversario es tan malo que o lo ha hecho él, o lo ha planeado y lo han hecho otros, o ha puesto los medios para que se cometa la atrocidad, o lo sabía y no lo ha impedido, o no quiere que se sepa la verdad porque se ha beneficiado del suceso y la oculta o impide deliberadamente que las cosas se sepan. O todo a la vez.

Mi idea respecto a las teorías conspirativas es que su mejor destino es convertirse en hipótesis de investigación. Pero deben descartarse si no se encuentran pruebas más allá de lo razonable.

Las teorías conspirativas suelen ser variadas: más o menos lógicas y más o menos alejadas de la realidad. También son voraces. Utilizan todos los datos para componer el argumento explicativo, siempre alrededor de unos autores emparentados con los enemigos ideológicos por intereses siniestros, o cuanto menos egoístas. Este tipo de teorías evolucionan con el tiempo y muchas de ellas se marginalizan y pasan a ocupar su espacio en la Red o en publicaciones de segunda fila. Así, las teorías conspirativas del 11S han ido perdiendo fuerza con el tiempo y prácticamente han sido enterradas desde la llegada de Barack Obama al poder. Nadie imagina que una de sus preocupaciones sea la de reabrir una investigación que se terminó con el informe oficial, en el que participaron representantes de los dos partidos. No obstante sobreviven teorías conspirativas en la red al respecto y para muchas personas son la única verdad.

Las teorías del 11M han evolucionado también. Por una parte ha disminuido la carga emocional y las teorías se han vuelto más realistas. Un reflejo de ello es lo que se puede leer en los dos periódicos contendientes en esta arena. El diario El País publicó el 11 de marzo de 2009 un artículo de Fernando Reinares, del Instituto Elcano, cercano al gobierno, que manifestaba esta tendencia. En nombre del interés nacional Reinares insistía en investigar a fondo la trama que organizó el bárbaro atentado. El diario El Mundo, por su parte insiste en la línea de investigación del explosivo utilizado. Precisamente estas dos incógnitas, quién organizó y planificó las explosiones, y cuál era el contenido exacto de los explosivos, son dos aspectos que la sentencia judicial del 11M deja en el aire. Por supuesto, es más que legítimo que quien no acepte la tesis oficial investigue y aporte pruebas.

Hace unos meses se publicó un excelente libro, La Cuarta Trama, cuyo autor José María de Pablo actuó como abogado de la acusación, representando a las víctimas, y que plantea las hipótesis conspirativas desde un punto de vista marcadamente objetivo, ateniéndose a lo probado. El autor encuentra indicios de la existencia de personas, expertos, que pudieron planificar y organizar los atentados y nunca fueron detenidos. Creo que todos estamos de acuerdo en este punto. También describe indicios de que parte de las investigaciones fueron entorpecidas por algunos miembros de las fuerzas de seguridad. No aporta, y lo reconoce en el libro, pruebas contundentes. No hay cañón humeante.

En alguna entrevista he explicado que las actuaciones e informes policiales pueden sesgarse o maquillarse por diferentes motivos: cubrir a un compañero o a un departamento o brigada, ocultar pasadas negligencias, errores, o incluso delitos, de uno mismo o de otros. Las pruebas pueden ser manipuladas para "cuadrar" el informe policial y presentar al juez (y a la opinión pública) un buen caso. La misma manipulación podría hacerse para que ciertos datos que pueden perjudicar al gobierno de turno se silencien. No creo, ni he visto ni leído, que exista base para que una acción de estas características pueda apuntalar la hipótesis de que deliberadamente se está ocultando o protegiendo a uno o más culpables.

La línea de los explosivos es interesante porque los indicios puestos de manifiesto en La Cuarta Trama y en la investigación de El Mundo, revelan que pudieron utilizarse sustancias del mismo tipo que las utilizadas por ETA. Esto último llevaría a pensar que el origen de los explosivos no sería sólo la mina asturiana, sino que podrían haberse obtenido de otras fuentes: el mercado negro de explosivos o la propia ETA. No hay pruebas sin embargo de que ETA haya estado implicada, sí indicios de que parte del explosivo podría haber sido suministrado por los matones vascos. Incluso si ETA vendió explosivos, no añadiría nada a la maldad del terrorismo nacionalista vasco, ni confirmaría que tuvo una participación activa en el atentado. Sí es cierto que esto atacaría no tanto a la versión oficial, sino a la calidad de la investigación policial, presumiblemente ya dañada según lo dicho en el párrafo anterior.

Nada me gustaría más que se supiera toda la verdad de lo sucedido (creo que será imposible). La versión “fuerte” de la teoría de la conspiración no es creíble. Pero al día de hoy, me gusta que los dos diarios nacionales coincidan en algo.

sábado, 29 de agosto de 2009

Todos los comienzos son difíciles


La primera vez que me enfrenté a este dicho fue en clase de alemán ("Alle Anfang ist schwer"). Creo que no hay ámbito en el que no se cumpla, excepto si consideramos casos muy raros, tipo "cisne negro", lo que también se denomina "suerte del principiante". Llegar y triunfar ocurre, pero es muy raro.

Su interpretación tiene dos versiones no siempre positivas o agradables. Una es que hay que pagar un ticket de entrada a todo. Escuché a Alain Delon asegurar la necesidad de pagar el ticket de entrada en cualquier lugar al que se quiere acceder. Como ejemplo particular ponía su poco conocida faceta de coleccionista de arte. Decía que convertirse en especialista llevaba mucho tiempo, esfuerzo y dinero. Es inevitable que al principio se cometan errores y se incurra en pérdidas.

El otro sentido se encuentra cuando las personas del círculo en el que se quiere ingresar (profesionales, por ejemplo) levantan barreras y construyen ámbitos cerrados, la ciudadela, donde es muy difícil entrar. Esto es lo que me sugiere la imagen del castillo de Rovereto. Me recuerda también la magnífica serie de televisión "La Ciudadela", protagonizada por Ben Cross allá por los años 80. Narraba los esfuerzos de un médico de origen humilde en abrirse paso entre el oligopolio de los facultativos mayores. La tentación de cerrar el círculo a los de fuera es universal e irresistible, y no siempre se hace por motivaciones nobles. En algunos casos puede esgrimirse por defender calidad de trabajo o servicio o de categoría. A menudo no es más que una excusa para repartirse el pastel entre unos pocos, o para defender posiciones de poder que no se mantendrían en una competición abierta.

¿Cómo se entra en un círculo cerrado? ¿Cómo se asalta la ciudadela? Con persistencia, aprendiendo de los errores. Como decía Arthur Schopenhauer, tropezando, cayéndose y levantándose. Pero también con suerte.

A propósito, el viaje a Rovereto era para participar en un congreso, y de paso intentar horadar los muros de la ciudadela que unos cuantos colegas científicos han levantado.

jueves, 6 de agosto de 2009

Ubi sunt


Memorable pregunta. Tema recurrente en la literatura universal ¿Dónde están? ¿Que fue de ellos? Sería inacabable una relación de todos los escritos, poesías, canciones que han tocado el asunto. Es un grito de nostalgia, acompañado a menudo del deseo de no ver la realidad, sorprendidos por el paso del tiempo y los cambios, a veces brutales, que trae consigo. El tema se acompaña a menudo del lamento por lo breve que es la vida y por lo pasajero de los bienes terrenales.

Con la imagen no me refiero sólo al desgraciado caso de los afectados por Fórum Filatélico y AFINSA, ni a dónde están los millones que han perdido. Con todo, el desvencijado cartel puede verse aún, agosto de 2009, en una céntrica calle de Elche. Sería aplicable aquí el dicho castellano de "Torres más altas cayeron".

Volviendo a la literatura y al arte, desde los Carmina Burana, al Misterio de Elche, pasando por Jorge Manrique en las coplas a la muerte de su padre: "¿Qué se fizo el Rey Don Juan? Los infantes de Aragón, qué se fizieron".

Mis favoritos son François Villon y Robert Louis Stevenson, con formas muy diferentes de abordar el tema. Villon, criado en la parisina Corte de los Milagros y de ajetreada vida, fue el autor de la "Ballade pour les dames d'autrefois":

"Dictes moy n'en quel pays
Est Flora la belle Rommaine,
Archipiades ne Thaïs,
qui fut sa cousine germaine,
Ëcho parlant quand bruyt on mayne,
Dessus riviere ou sus estan,
Qui beaulté est trop plus qu'humaine.
Mais où sont les neiges d'antan?"

Como se ve, ya en la Edad Media se quejaban de que las nevadas no eran tan cuantiosas como las de años atrás.

Stevenson despacha el tema en La Isla del Tesoro con una ruda y sobria expresión de sus atribulados ex piratas, quienes ya no pueden volver al oficio:

"Bueno" dijo Silver. "Bien, ¿y dónde están ahora? Pew era de esa clase y murió hecho un mendigo. Flint lo era, y murió de ron en Savannah ¡Ah! era una magnífica tripulación, ya creo que lo era. Sólo que, ¿Dónde están?".

Un poco de nostalgia nos hace humanos. En la adversidad y en la vejez puede que necesitemos buenos recuerdos. Los artificios de la memoria embellecen los recuerdos, olvidamos pronto lo malo, y cualquier contrariedad nos hace pensar en la Edad de Oro de años antes. Pero mucha nostalgia resulta en un autoengaño y nos impide ver bien la realidad. Algunos escritores han intentado poner las cosas en su sitio. Así, Mateo Alemán remata en "Vida del Pícaro Guzmán de Alfarache, atalaya de la vida humana":

"Este camino corre el mundo. No comienza de nuevo, que de atrás le viene al garbanzo el pico. No tiene medio ni remedio. Así lo hallamos, así lo dejaremos. No se espere mejor tiempo ni se piense que lo fue el pasado. Todo ha sido, es y será una misma cosa. El primero padre fue alevoso; la primera madre, mentirosa; el primero hijo ladrón y fratricida."

Lo que nos lleva a Voltaire: "Nous laisserons ce monde-ci aussi sot et aussi méchant que nous l'avons trouvé en y arrivant" (dejaremos este mundo tan tonto y tan malo como nos lo hemos encontrado al llegar).

Estamos condenados a convertirnos en un delgado y sutil hilo en la memoria de las personas que nos conocieron. Y este fino recuerdo terminará el día en que ellos dejen de vivir. Mientras tanto el dónde están es un grito de nostalgia, que lleva a dar rodeos y a no enfrentarse a la realidad

domingo, 2 de agosto de 2009

Sólo hay queso gratis en las ratoneras


Este refrán ruso es uno de mis favoritos. Nada se puede conseguir gratis. Siempre hay que pagar algo, sea en dinero, en especie, en tiempo, siempre irrecuperable, o en esfuerzo. De las muchas variantes de este dicho, me gusta una procedente de la novela picaresca, que incluí en mi libro La Gran Mentira (Paidós, 2009):

"A grande oferta, grande pensamiento, y a mucha cortesía, mayor cuidado. ¡Que no es de balde, misterio tiene! Si te hace caricias el que nos las acostumbra hacer, o engañar te quiere o te ha menester", Mateo Alemán en Guzmán de Alfarache (1599).

Lo ilustro con una imagen de trilero en acción en las Ramblas el pasado mes de julio. Poco después de tomar la foto, y en otro corro, vi a un joven turista perder rápidamente sus buenos euros ante los atónitos ojos de su pareja y de quienes le rodeábamos. Hago notar que había más "ganchos" que público contemplando el desigual lance. Al incauto forastero le hizo perder el ansia de conseguir algo a cambio de nada. Como se dice vulgarmente es intentar "f...r gratis", lo que todo el mundo debería saber que es imposible. Pero como parece que las personas no cambiamos nunca, no viene mal repetirlo y recordarlo de cuando en cuando. Sobre todo cuando uno ve a su alrededor, y lee, cosas que dan a entender que el 90% de la población sueña con conseguir algo gratis o a cambio de muy poco esfuerzo. Es como si uno pensara que le van a tomar por tonto pagando por las cosas el precio, en el sentido y la forma que sea, que valen.

miércoles, 22 de julio de 2009

El efecto "Stravaganzza"


El efecto Stravaganzza es lo que sucede a muchos hombres y mujeres cuando, al cumplir cierta edad, necesitan hacer algo diferente para llamar la atención de los demás. Frente a los comportamientos femeninos, más homogéneos a lo largo del tiempo, intentando conservarse atractivas, bellas, con buen tipo, los hombres sorprenden al recurrir a estratagemas más variadas con el parecido objetivo de sentirse más jóvenes y atractivos. Compran un coche deportivo, un yate, se lanzan de cabeza al gimnasio, se someten a operaciones de cirugía estética o se visten y actúan como jóvenes veinteañeros. Algunos cambian de pareja y se lían con mujeres mucho más jóvenes. El coche deportivo o el yate pasan a ser lo que vulgarmente se denomina "el tercer testículo", que puede volverles más interesantes y atractivos a los ojos de las chicas.

Los psicólogos podríamos asociarlo a sus mayores niveles de testosterona, o simplemente a ganas de impresionar o de ligar una vez que se han perdido otros atractivos, también a la falta de más méritos y a que se dispone de cierto nivel económico que puede permitir expansiones de este tenor. Consigue así el extravagante maduro competir con otros hombres más jóvenes y aumentar su cotización cara a las mujeres objetivo. En ausencia de fama, poder o influencia social, el mejor "tercer testículo" es una cartera repleta de dinero dispuesto a ser gastado con prodigalidad. Stravaganzzas más intelectuales, como convertirse en egiptólogo o aprender arameo tienen poco recorrido.

Hay algo de rapiña en estas actitudes, en las que quien destacó en algún terreno quiere obtener o mantener su capacidad o predominio en otro, a través de comportamientos estrambóticos, socialmente no mal vistos, pero de alcance limitado. También se puede interpretar como exceso de confianza o autosuficiencia que se refleja en pensamientos del tipo "por qué si soy tan bueno en otras cosas no lo voy a ser en esto", "si soy tan bueno en lo mío es que me merezco otras cosas" o "como soy bueno en otras cosas me puedo permitir esto y me lo tenéis que perdonar".

lunes, 25 de mayo de 2009

"Más vale caer en gracia que ser gracioso"



Traigo esta vieja frase porque es aplicable a lo que me ha sucedido en las dos últimas semanas. Lleva uno haciendo toda la vida lo mismo. En mi caso, dar clase, investigar y escribir. De repente, algo que he escrito ha llamado la atención (de lo que me alegro) y me he visto obligado (gozosamente) a responder estos días. Suele ocurrir a muchas personas el que se dediquen con ahínco a sus actividades cotidianas y nunca encuentran en su entorno una respuesta no ya favorable, sino al menos amistosa. De repente, algo que hacen desencadena un pequeño terremoto en sus alrededores y no encuentran explicaciones para ello. Sigue uno siendo el mismo, aparentemente nada cambió, pero los demás devuelven el eco, multiplicado, elevado a la enésima potencia. Y uno se queda pensativo sin encontrar explicación. Puede que no haya explicación, pero sí resolución: seguir haciendo lo que se estaba haciendo antes. Es más importante la confianza en lo que uno hace que ese eco de los demás, tardío y tal vez desproporcionado. Es mejor el criterio de uno mismo para valorar lo que hacemos que el de los demás, tal vez más distorsionado.